Su esposa sufrió un ataque al corazón y Steven Kurtz, artista y profesor, llamó al 911. Llegó un paramédico pero no pudo salvarla. El tipo vio unos cultivos de bacteria que Kurtz utiliza en su arte de protesta contra la ingeniería genética... y llamó al FBI porque le pareció que podía ser “terrorista”. En pocas horas, el apesadumbrado Kurtz, sus libros, su computadora y su vida entera eran blancos de una operación kafkiana “anti-terrorista” de la Ley Patriota. Se lo llevaron a interrogarlo dos días, antes de sacar de la casa a su esposa muerta. Ahora, a pesar de que se comprobó que las bacterias son inofensivas, lo enjuiciarán por “fraude postal y electrónico” por haberlas comprado por correo.


Kurtz no es el único artista atacado desde el 11 de septiembre. La policía se ha puesto a investigar y joder a varios artistas porque considera que su arte es sospechoso, subversivo o peligroso.

En junio, más o menos al mismo tiempo que el Equipo Operativo Anti-Terrorista investigaba a Kurtz, el gobernador de Nueva York, George Pataki, dio una “garantía absoluta” de que no iba a permitir en el Punto Cero ninguna obra de arte que pudiera ofender a “las familias del 11 de septiembre” (o mejor dicho, a los guerreros culturales derechistas que dicen representar a esas familias). Tal declaración fascista clamaba una respuesta... y se dio por medio del arte subversivo.

El resultado fue una exhibición valiente y emocionante titulada “Un golpe a la puerta...”. El Lower Manhattan Cultural Council, que perdió a un colega en el colapso de las Torres Gemelas, la organizó. Las fechas de exhibición (8 de septiembre al 1° de octubre) eran de obvio significado. La exhibición y una conferencia paralela chingaron los planes de los reaccionarios de poner su sello en el aniversario del 11 de septiembre. ¿Cómo les quedó el ojo?

Al entrar en el museo South Street Seaport, se ve un montón de basura: botellas de agua y cartones de pizza. Es la basura que dejaron los investigadores de la policía en la casa de Steven Kurtz. La instalación lleva la firma del “Equipo Operativo Anti-Terrorista de Estados Unidos” (en realidad, es una creación del pícaro grupo de artistas los Yes Men).

Una pieza de Chris Savido retrata la fea cara del presidente Bush, pero al mirarla se ve que está formada por caras de mono. Esta broma poca respetuosa adquiere seriedad al leer el texto, que informa que el año pasado se clausuró una exhibición en el mercado Chelsea debido a esta obra irreverente “Bush Monkeys”.

La artista Lisa Charde contribuyó una bandera en forma de camisa de fuerza, una pieza escueta con el título “Ley [no] Patriota”.

Jenny Polak construyó una ventanilla de recepción que tiene un escondite secreto. Nos insta a tomar riesgos: a dar refugio al esclavo fugitivo, al inmigrante indocumentado o al rebelde político perseguido, para rescatarlos del cazador de esclavos, la Migra o la policía fascista.

Al lado está un mostrador vacío. Tiene un pequeño letrero con el símbolo del Departamento de Seguridad de la Patria, que dice: “Material suprimido hasta conclusión de la investigación”. Por un momento nos preguntamos: ¿Hay un acto de censura aquí mismo?

Dread Scott, el artista que creó la obra, nos dijo:

    “El gobierno está librando una guerra por su imperio y suprimiendo el pensamiento crítico y el disentimiento. Los artistas de esta exhibición no vamos a tolerar eso. Con nuestro arte queremos desafiar el intento de robarnos el futuro y de imponer una pesadilla oficial en todo el mundo”.

La exhibición tiene otro local en el Cooper Union; ahí, Nora Ligorano y Marshall Reese presentan fotos “policiales” de los líderes del imperio --Bush, Cheney, Rumsfeld, Rice-- en blanco y negro. No tienen las aureolas que les pone el noticiero Fox; aquí se ven como los CRIMINALES que son.

Mucho antes del estreno, la exhibición empezó a recibir ataques. ¿Iba a ser posible exhibir arte como este en Estados Unidos tras el 11 de septiembre? (¿Será que Lower Manhattan ahora se acordonará como un sofocante santuario patriótico, alejado del choque y la polinización cultural que por años han caracterizado la efervescencia artística de sus calles?)

El New York Daily News (2 de septiembre) criticó la exhibición como un insulto a la memoria del 11 de septiembre y la calificó de “inapropiada”. De una manera típicamente escurridiza, agregó:

    “No pedimos que cancelen la exhibición. La libertad artística, sí claro. Pero sería maravilloso si alguien tuviera la conciencia y la valentía de programarla para otra ocasión”.

En otras palabras: hay que defender la “libertad artística” en general, pero el arte desagradable se eliminará por medio de personas particulares, como los dueños de salones de exhibición o las organizaciones que subsidian el arte.

Otros ataques fueron más directos. La policía de Nueva York fue a hacer inspecciones; en particular quería investigar una obra que tenía la forma de una bomba-maleta. El noticiero Fox pescó a unos “parientes de víctimas del 11 de septiembre” para despotricar contra el arte “ofensivo”.

Por otra parte, Caryn James, la crítica de arte del New York Times, escribió:

    “La exhibición es un estudio sopesado y legítimo de cómo ha cambiado la vida de los artistas estadounidenses a raíz del 11 de septiembre; plantea cuestiones sobre la libertad artística que son necesarias con respecto al Punto Cero. La indignación contra la exhibición es un indicio de ciertas tendencias culturales muy perturbadoras: el poco valor asignado al arte como respuesta apropiada al 11 de septiembre, y la idea persistente y errónea de que cuestionar al gobierno es deshonrar la memoria de los que murieron”.

Se requirió mucha valentía --de artistas bajo ataque, curadores que ven la creciente asfixia de la cultura, espíritus rebeldes que no se someten-- para concebir esta exhibición ingeniosa y penetrante, y llevarla a cabo. Es una refutación desafiante a la censura que rodea a los artistas rebeldes. Es un grito a los demas para que alcemos la voz y digamos: “¡hasta aquí!”.

 

Revolución #018, 16 de octubre de 2005, posted at revcom.us

 
cc-by-sa-2012 /