Aqui os dejo este texto que ha escrito Ruben de Zemos 98, en su blog Panel de Control, con el que estoy totalmente deacuerdo. Cada vez se nos pone más complicado ser críticos con las cosas pero por eso no lo vamos a dejar de hacer ¿no?

Paranoia

Después de las noticias acerca del estudio de implantación por parte de INDRA de un nuevo sistema de cámaras de videovigilancia que el Ayuntamiento de Sevilla y APROCOM han pensado para la ciudad, hemos retomado la implicación en la crítica activa de esta cuestión a medida que seguimos cómo se desarrolla el acuerdo y vemos la forma o las formas que harían posible reunir energías y esfuerzo con la idea de que no salga adelante la propuesta.

Tras participar en un par de asambleas de La calle es de todxs (Asamblea por el libre uso del espacio público), colaboramos en un primer debate en torno a la videovigilancia en el Centro Cívico Las Sirenas, donde también estuvieron como intervinientes principales Marta Franco y Curro Aix. Hace unos días, en un nuevo espacio social y cultural okupado en Sevilla que dará mucho que hablar -la Fábrica de Sombreros-, de nuevo se planteó la posibilidad de continuar con el debate y nos unimos con ganas de plantear qué acciones se podrían desarrollar como crítica y protesta ante los planes de la administración. Luismi y Ángela, de la propia asamblea, hicieron una magnífica introducción del trabajo que están llevando a cabo desde hace más o menos un año y del modelo de ciudad que se está implantando como preámbulo a lo que después Marta (con muchos datos bien presentados y organizados sobre lo que está ocurriendo con INDRA, APROCOM y Jon Ander -Delegado de Economía y Empleo - de IU, por parte del Ayuntamiento) y yo mismo (mostrando algunas de las acciones que hemos llevado a cabo en Vic dentro del contexto de la QUAM o en la Alameda de Sevilla a raíz de Feliz 1984) contamos delante de unas 20-30 con las que posteriormente inciamos una conversación. Justo antes vi conveniente proyectar el reportaje que nos hizo TESIS con motivo del curso de la UNIA, ya que participaba Osfa o Luis André, que sin duda tienen una gran capacidad de análisis con respecto a este tema y sabía que aportarían cosas interesante a la discusión.

No hay duda de que todos los que estábamos allí tenemos muy claro que esta idea de un sistema de videovigilancia en la ciudad no nos gusta. Es simple, entendemos que nuestro derecho a la intimidad, a la privacidad y al respeto a nuestra propia imagen y libertad de movimiento está por encima de la razón por la que se plantea el sistema: la seguridad. Además de esta razón, que ya podría ser un argumento suficiente, pensamos que estos dispositivos de control fomentan la desconfianza, el pánico, el miedo, el terror, la paranoia y la deshumanización de las ciudades. Por si fuera poco, hay datos que indican que estos medios no hacen descender el nivel de criminalidad y en la mayor parte de los casos en los que hay imágenes de delitos cometidos frente a la cámara, los casos se quedan estancados o bien por falta de otras pruebas definitivas o bien porque ni siquiera se puede identificar del todo a la persona que aparece filmada.

En cada intervención que se sucedía en la reunión que mantuvimos quedaba patente que los argumentos planteados eran de peso. Ahora tocaba pensar en cómo trasladar este malestar a la opinión pública, a los vecinos, a los comerciantes, a los políticos. Hay encuestas que nos desaniman porque hablan de altos porcentajes de entrevistados que verían bien o muy bien que se pusieran cámaras en su propio espacio de trabajo o en los colegios donde estudian sus hijos. Incluso entre los vecinos de la Alameda o San Luis, barrios donde el sistema de videovigilancia planea implantarse, hay mucha preocupación por la seguridad y no ven con mal ojos que las cámaras vigilen los espacio públicos. La nueva comisaria o los nuevos hoteles ya lucen flamantes videocámaras de tercera generación.

No se trata de verse uno mismo en una situación de privilegio desde la que tiene capacidad de razonar y pensar que el resto del planeta está equivocado. Pero si hacemos un simple análisis del discurso de los medios de comunicación, vengan de donde vengan, de cualquiera de los formatos posibles, nos encontraremos con un discurso del miedo que nos paraliza y hace que seamos capaces de ceder derechos universales en favor de una supuesta seguridad que nos proporcionarán si aceptamos la premisa. Avalancha de inmigrantes, terrorismo nacional e internacional, calentamiento global incontrolado, subida de precios y crisis económica, altos índice de criminalidad, violadores y pederastas, estafadores, dificultad para acceder a una vivienda y okupas, maltrato infantil y doméstico, acoso sexual, atraco a mano armada, corrupción, matromino gay, tsunamis o la conferencia episcopal. Cualquier cosa es válidad y se utiliza para aterrorizarnos y sentir que necesitamos protección. Eso por no hablar de la publicidad, máximo esponente del conservadurismo mediático. O el estado de sitio en el que se vive durante las horas que pasas en un aeropuerto o en una estación antes, durante y después de viajar y los contratos que hay firmar antes de ser operado en el hospital.

Este imaginario de lo incontrolado, lo inexorable, lo perverso, lo malvado. Este paisaje desolador y poderosísimo presentado por no se sabe quién pero amplificado por los medios es al que nos enfrentamos con nuestros argumentos. David contra Goliat. Las cámaras no son realmente el problema. Tampoco lo es la tecnología, ni los RFIDs, ni siquiera la locura de la biometría o cosas peores. Lo que ahora quizás debiera preocuparnos en primer lugar es cómo vamos a explicar que no queremos que nos graben sin que nos tachen de sospechosos de partida. Todo aquel que desconfíe del sistema de seguridad está desafiándolo y, por tanto, tiene algo que ocultar.

 
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