por Rubén Díaz | ZEMOS98 el 10 de enero de 2009
 
La proliferación de cámaras de videovigilancia responde a un modelo de ciudad genérica que transforma el espacio público en un escaparate. Decisiones políticas tomadas fundamentalmente por cuestiones económicas (las ordenanzas cívicas o la implantación de sistemas de videovigilancia) se presentan en los media como el estado natural de las cosas. A pesar de ello, se recortan libertades y derechos fundamentales y se cede nuestra subjetividad a las máquinas y el poder que las controla. La tesis de este texto parte de la posibilidad de conjugar creatividad, el activismo político y tecnología como estrategia para una construcción colectiva del espacio público partiendo del debate en torno a la videovigilancia.

Hace unos meses nos pidieron un texto para un libro sobre Espacio público, ciudad y conjuntos historicos. El libro pertenece a la colección PH cuadernos, una línea de publicaciones monográfica del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico de la Consejería de Cultura de Junta de Andalucía. Pensaron en hablar de videovigilancia en el espacio públicos en los conjuntos históricos y supusimos que era un buen momento para recopilar en un texto, más largo de lo que habitualmente escribo aquí, las ideas sobre "posvideovigilancia" y espacio público que hemos escrito en Panel de Control en los últimos dos años. Las experiencias de la novena edición de ZEMOS98, la propia exposición, los talleres en Vic o la UNIA con Feliz 1984 o la colaboración con “La Calle es de Todxs”, entre otras ideas.

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Pensar la videovigilancia como debate para una construcción colectiva del espacio público

El uso generalizado de cámaras de videovigilancia -y otros dispositivos de control- en el mobiliario urbano de nuestras ciudades conforma un paisaje arquitectónico cada vez más común. La implantación de sistemas de control en el espacio público está relacionada con una serie de factores, fundamentalmente decisiones políticas que repercuten en lo económico, que responde a un modelo de ciudad determinado. Se trata de la ciudad-empresa o lo que en casos como el de Barcelona se ha denominado ciudad-marca: genérica y posmoderna, cada vez más carente de identidad, superficial y caricaturizada a través de una iconografía tautológica que intenta rentabilizar a toda costa la explotación de su propia marca. Majestuosos edificios-icono de arquitectos estrella, exposiciones universales, organización de grandes espectáculos deportivos, festivales, ferias o bienales de arte contemporáneo. La reconversión del espacio público en escaparate.

Incluso las ciudades menos pobladas sufren una suerte de metamorfosis en la que todo ha de ser amplio, configurado correctamente y refinado. Como está íntimamente relacionado con el comercio, para asegurar las ventas se necesita tener bajo control al consumidor, cuantificar y registrar sus movimientos, conocer quién compra qué, con qué frecuencia, dónde y a razón de qué. A cambio, el ciudadano, el consumidor, obtiene una buena dosis de entretenimiento, eficacia, libertad de elección - con una sensación de participación ciudadana- y seguridad.

Si algunas actividades no encajan en el modelo de ciudad homogénea, entran en juego ciertas decisiones políticas que hacen los ajustes pertinentes y necesarios para que la ciudad funcione correctamente, en armonía y convivencia, desactivando aquello que sobra: ruido o suciedad, oposición o vandalismo, mendicidad o prostitución. Es el caso de los discursos de las ordenanzas cívicas y sus normativas sancionadoras. Se dice que son medidas de limpieza, de prevención y de gestión de una nueva complejidad social que debe contrarrestar el uso impropio o inadecuado del espacio público. Hablan en aras de un mayor y mejor uso del patrimonio y la vía pública. Pero sus principios conllevan una ambigüedad que se salvaguarda en nombre de la seguridad y la libertad del ciudadano a comportarse como quiera, dentro de los límites de la normativa. Si alguien pone en duda la iniciativa, desafía al sistema y es penalizado.

El discurso de las ordenanzas cívicas es el discurso del sentido común. Dentro de este contexto situamos el uso y aplicaciones de la videovigilancia. Es el estado natural de las cosas en la ciudad. Toda resistencia al sistema es calificada de sospechosa. Aquella persona que desconfía de este tipo de parlamento, algo tiene que ocultar. La apuesta por la videovigilancia se mueve en el terreno de lo obvio. ¿Quién se va a negar a aplicar un dispositivo destinado a persuadir a malhechores para que no cometan su crimen contra nosotros o contra nuestros hijos?, ¿por qué no usar una tecnología que tenemos al alcance de la mano, más desarrollada que nunca, para bajar los índices de criminalidad?, ¿acaso no eres consciente de esos vídeos que aparecen en cada telediario en los que atrapan a pederastas disfrazados de niñeras o racistas que golpean a inmigrantes?.

Este sentido común se cimenta en un panorama globalizador de cultura de masas y media transnacionales en el que algunos inputs son: avalancha de inmigrantes, terrorismo nacional e internacional, calentamiento global incontrolado, subida de precios y crisis económica, altos índices de criminalidad, violadores y pederastas, atracadores solitarios y estafadores, imposibilidad para acceder a una vivienda digna y asequible, cáncer, VIH, movimiento okupa, maltrato infantil y doméstico, acoso sexual, atraco a mano armada, corrupción, matromino gay, tsunamis o la conferencia episcopal. Este imaginario de lo incontrolado, lo inexorable, lo perverso, lo malvado. Este paisaje desolador y poderosísimo presentado por no se sabe bien quién, pero amplificado por los medios, es el mismo en el que se insertan medidas como la videovigilancia.

El jefe de todo esto es la paranoia. El argumento del miedo nos lleva a que cedamos poco a poco y transfiramos nuestra responsabilidad y subjetividad a estas “máquinas automatizadas de percepción” que son las cámaras de videovigilancia, ojos siempre abiertos más ágiles y eficaces que nosotros y a los que otorgamos credibilidad por su singular textura, verdadera, objetiva, real.

¿Qué significa ceder nuestra responsabilidad y subjetividad a una máquina o a una normativa?, ¿qué consecuencias tiene paralizarse por un sentimiento paranoico de inseguridad?, ¿cómo valoramos el hecho de que el estado natural de las cosas y el sentido común es a la vez taxativo e impone límites a nuestra libertad de expresión o de movimiento?.

La vigilancia de la máquina neutraliza al sujeto. Lo transforma en objeto. No discierne entre “tipos de infracciones”, no sabe valorar un contexto o una circunstancia. Orinar, beber alcohol, reunirse a jugar a las cartas en la vía pública o colgar una pancarta contra la precariedad laboral se equiparan. De hecho, depende de a qué hora, con qué intención y cuántos individuos formen el grupo, son acciones que se consideran desafiantes. El sujeto se despolitiza, se desactiva como individuo si se paraliza por el temor a que su actividad pueda ser interpretada como inapropiada. “Pueda ser” ya es suficiente. Es un proceso psicológico sencillo. El hecho de conocer que existe una mera posibilidad de ser vigilado y acusado ya ha condicionado nuestra libertad de acción en el espacio público.

Una sociedad videovigilada es además una ciudad donde los vecinos se estandarizan, se normalizan. El ciudadano se atomiza, se produce en serie. Ante los ojos de la cámara, cada persona es un ciudadano indeterminado, unificado y acrítico. Al final el ciudadano, dentro de una ciudad-marca, se encuentra cumpliendo el papel que le ha sido asignado, gestionando su yo-marca, en palabras de Santiago López Petit. En definitiva, estos dispositivos fomentan la desconfianza y la deshumanización de nuestras calles.

Por si fuera poco, los datos no demuestran correlación entre un aumento de cámaras y la disminución de la delincuencia. En todo caso, las acciones delictivas se ven desplazadas a zonas menos vigiladas, más periféricas y probablemente más marginales.

Hay incontables lugares comunes y ejemplos históricos a los que acudir para entender que, aunque es cierto que la tecnología ha expandido los límites del control, la economía y la política del Estado han tratado de vigilar la sociedad fabricando un estado natural del ser invisible pero inquisidor. Pensadores como Hobbes, Locke, Bentham, Foucalt o Deleuze, por nombrar quizás los más citados, han tratado cuestiones relacionadas con el poder y el control. El miedo ha cegado la conciencia del carácter coercitivo, de la subordinación a esta vigilancia.

En la reflexión en torno al debate de la videovigilancia cabe plantearse cuestiones que van más allá de estar a favor o en contra del dispositivo en sí. Llega un momento en el que indudablemente las cámaras forman ya parte del decorado y ni siquiera nos incordian. Casi nunca pasa nada. Se interiorizan como parte de una posvideovigilancia.

Pero es posible pensar la videovigilancia como debate para una construcción colectiva del espacio público, reutilizando la sinergia de la polémica para optar por una transformación de esta realidad, utilizando la creatividad y la inteligencia. Desde una perspectiva optimista, puede ser un momento interesante para reconducir el debate hacia un lugar donde podamos profundizar colectivamente en la cuestión. Deconstruir el discurso mediático de la videovigilancia es una responsabilidad del debate público en su búsqueda acerca de qué significa ser ciudadano hoy, ser político. En esta actitud se encuentra la vida de la ciudad y en ella reside la fuerza para construir de manera colectiva el espacio público. Pensamos que es hora de revitalizar un contrato social al respecto y levantar un nuevo sentido común más cercano a la solidaridad, la confianza y la verdadera libertad. No podemos conformarnos con saber que nos manipulan. Hay que asumir el esfuerzo de retomar una actitud transformadora.

Repensar la videovigilancia

Aprovechando el impulso que nos brinda el debate en la calle, el reto está en saber comunicar los argumentos expuestos. La “Asamblea por el Libre Uso del Espacio Público La Calle es de Todxs” ha sido uno de los grupos más activos a este respecto en Sevilla y ha sabido hilvanar una crítica proactiva del proyecto de ordenanza municipal de medidas para el fomento y garantía de la convivencia ciudadana en los espacios públicos de Sevilla con el asunto del proyecto de implantación de un sistema de videovigilancia en los espacio públicos. Ambas iniciativas parten del Ayuntamiento de Sevilla.

Al respecto del tema que más interesa a este texto, “La Calle es de Todxs” comenzaba el pasado junio su campaña contra el proyecto de implantación de un sistema de videovigilancia en los espacio públicos de Sevilla y el modelo de ciudad basado en el control social. Sesiones informativas abiertas y de debate, un paseo por el centro de la ciudad y la elaboración de un mapa que visibiliza las cámaras de vigilancia que ya hay instaladas. Estas acciones, junto a una serie de entrevistas a viandantes y vecinos para saber su opinión al respecto, han servido para dar a conocer el “Manifiesto contra el proyecto de implantación de videovigilancia en el espacio público de Sevilla”:

“El pasado mes de febrero, la Federación de Comerciantes de Sevilla (APROCOM) firmó un convenio con la empresa INDRA para instalar un sistema de videovigilancia urbana en las calles de los 6 “centros comerciales abiertos” y 12 polígonos industriales de Sevilla.

APROCOM lleva tiempo presionando al Ayuntamiento para la instalación de las cámaras que “velarán por la seguridad” de sus negocios, argumentando que seremos todxs los ciudadanxs lxs principales beneficiadxs por su instalación. Mientras, su presidente exige que se instalen en las calles comerciales del centro, ya que éstas “son los lugares donde se registran la mayoría de actos vandálicos a establecimientos y negocios”. Sin embargo, pretende que las paguemos con nuestro dinero íntegramente.

¿Quieres que te estén vigilando continuamente mientras paseas por tu calle?, ¿te vas a sentir libre mientras te observan por una cámara?, ¿quién estará tras esas cámaras?, ¿quién vigila al vigilante?. Además, otra estrategia del vigilante es hacerte sentir culpable si estás en contra de sus mecanismos, pero… ¿es algo malo rechazar que te vigilen y observen continuamente? ¿cómo te sentirías si alguien apuntase esa misma cámara sobre ti caminando a tu lado?.

Recientemente en Londres, la ciudad más videovigilada del mundo, un amplio sector del gobierno y la sociedad han denunciado el total fracaso de estas medidas en materia de seguridad, pues el 80% de los casos grabados siguen sin resolverse, tras un gasto de cientos de millones.

INDRA, quien se llevaría esos millones, es la principal empresa armamentística del Estado Español, responsable de buena parte del proyecto del SIVE (frontera electrónica) en el Estrecho. Esta empresa suministra alta tecnología militar para perfeccionar armas, y recientemente ha obtenido contratos para modernizar los simuladores de los helicópteros del ejército norteamericano. Ahora traslada sus tecnologías militares al control urbano.

La Asamblea por el Libre Uso del Espacio Público La Calle es de Todxs, se opone totalmente a este proyecto, incluso si finalmente fuera realizado con capital privado, por suponer un atentado a nuestro legítimo derecho a la intimidad y a la propia imagen. Esto se enmarca perfectamente en el modelo de ciudad que se viene implantando a marchas forzadas en Sevilla, a base de control policial en el espacio público y recorte de libertades, para barrer de las calles lo que no gusta ver. No queremos una ciudad-escaparate donde al salir a la calle sientas que te están observando en todo momento. Queremos una ciudad de calles vivas y personas libres, no una cárcel a puertas abiertas.”

La iniciativa de “La Calle es de Todxs”, en colaboración con el colectivo ZEMOS98, ha servido en primera instancia para que los medios ofrezcan al menos otras opiniones al respecto, que no den por hecho que todo el mundo está de acuerdo con la iniciativa que de partida plantean junto a dos entes privados. La experiencia del paseo, el mapa y las entrevistas se basan en proyectos anteriores de ZEMOS98 (en la Universidad Internacional de Andalucía o en la QUAM07 en Vic, Barcelona), que a su vez están muy en consonancia con verdaderos pioneros en la pelea por desmontar el discurso de la videovigilancia.

En la entrevista a Bill Brown en Panel de Control. Interruptores críticos para una sociedad vigilada, se puede conocer la actividad que desde 1996 llevan desarrollando el colectivo Surveillance Camera Players (SCP), un colectivo de low-tech performers situacionistas nacido en Nueva York que actúa frente a las cámaras de vigilancia y organiza walking tours por la ciudad mostrando cámaras y otros dispositivos de vigilancia electrónica. Otro colectivo también de Manhattan, el Institute for Applied Autonomy (IAA), desarrolla sus conocimientos en ingeniería para elaborar iSee, un mapa interactivo que ofrece al ciudadano el itinerario menos vigilado entre dos puntos cualquiera. Toda una declaración de intenciones en lo que a reivindicación del espacio público se refiere. El colectivo SVEN (Surveillance Video Entertainment Network) desarrolló un sistema de videoperformance en tiempo real que, desde un punto de vista crítico, ironiza en torno al desarrollo de la inteligencia artificial de algunos sistemas de videovigilancia. El software consiste en el uso de la visión del ordenador que sigue a peatones desde una furgoneta y detecta sus características, al mismo tiempo que el uso del proceso de vídeo en tiempo real que recibe esta información y la utiliza para generar música y vídeo como representaciones visuales de la cámara fotográfica.

La plataforma addSensor ha desarrollado en Medialab-Prado en Madrid, dentro del encuentro “Inclusiva-net: redes digitales y espacio físico”, el proyecto cameraMap. Es un espacio on.line que permite la geolocalización de cámaras de videovigilancia en la ciudad de Madrid basándose en Google Maps (por lo que simplemente hay que moverse a través del mapa para incorporar otros territorios).

Obviando obras clásicas de artistas fundamentales como Nam June Paik, Vito Acconci, Bruce Nauman, Antoni Muntadas o Dan Graham, que han trabajado sobre la crítica del control a través de cámaras de vídeo, lo interesante de movimientos como el de “La Calle es de Todxs” es que se basan en una actitud politizadora a través de la creatividad. Y en la creatividad tenemos un filón para pensar la videovigilancia de una manera mucho más positiva si además vemos la tecnología como aliada.

Especialmente influyente y crítica en la escena artística estatal en relación a estas cuestiones ha sido La videovigilancia como género, del colectivo vitoriano Fundación Rodríguez: “La presencia de cámaras de videovigilancia es cada vez más habitual en el paisaje de la ciudad […]. Del mismo modo, las imágenes que proporcionan estas cámaras son capaces de conformar percepciones subjetivas y “elecubraciones ficcionantes”, participando cada vez con mayor peso en el universo mediático y en el imaginario social. La videovigilancia se transforma así en un género narrativo con subgéneros que van desde el humor hasta el suspense y el horror.”

La creatividad de los artistas Dier y Noaz les llevó a participar en las intervenciones de Madrid Abierto con el montaje de una garita de vigilancia. El puesto no pasaba desapercibido en absoluto y no era una inocente cámara quien vigilaba esta vez, sino un supuesto agente-soldado con una metralleta: “La zona del puente de Juan Bravo es un sitio perfecto para reflexionar acerca de ello, por ser uno de los lugares más seguros de Madrid gracias al entorno comercial y financiero. Se busca generar la sensación de una respuesta de máxima seguridad ante una amenaza desconocida, mediante la instalación de un (falso) puesto de control militar y lemas donde se inste a la gente a estar alerta. Esperan los autores que esta acción haga reflexionar al público, independientemente de su ideología política, sobre la posible degradación que puede sufrir nuestro entorno con una escalada de violencia y seguridad”.

Reflexionar sobre la videovigilancia en los espacios públicos es lo que propone también este texto. El sentido común y el contrato social no son conceptos inmutables, inertes, inmunes. Sí son probablemente tergiversables, manipulables. El sentido común es una construcción colectiva. La crítica, la creatividad y la tecnología son armas a nuestro favor que pueden trazar estrategias que transformen la realidad de un modelo social que hay que poner en crisis hasta el final.

Bibliografía:

A.A.V.V. Mutaciones: Koolhaas, Boeri, Kwinter, Tazi, Obrist. Barcelona: Actar, 2001

DÍAZ LÓPEZ, RUBÉN. Entrevista a Bill Brown. En AA.VV. Panel de Control. Interruptores críticos para una sociedad vigilada*. Sevilla: ZEMOS98, 2007

KOOLHAAS, Rem. La ciudad genérica. Barcelona: Gustavo Gili, 2006

LÓPEZ PETIT, SANTIAGO. Democracia cívica: una nueva forma de control. En AA.VV. Panel de Control. Interruptores críticos para una sociedad vigilada. Sevilla: ZEMOS98, 2007

RODRÍGUEZ, FUNDACIÓN. La videovigilancia como género. En AA.VV. Panel de Control. Interruptores críticos para una sociedad vigilada. Sevilla: ZEMOS98, 2007

*El libro Panel de Control. Interruptores críticos para una sociedad vigilada se puede descargar en PDF gratuitamente en la siguiente URL: Panel de Control

Artistas y colectivos

addSensor (cameraMap)
Asamblea por el Libre Uso del Espacio Público La Calle es de Todxs
Dier
Fundación Rodríguez
Institute for Applied Autonomy
Noaz
Surveillance Camera Players
Surveillance Video Entertainment Network
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