Cada año entre dos y tres millones de personas emigran. Se calcula que a principios del siglo XXI 130 millones de personas viven fuera de su país de origen.

En un momento en el que bienes y valores recorren el mundo sin trabas, en el que la ilusión del internacionalismo es patrimonio de las grandes corporaciones, también somos testigos de una globalización de las prácticas sociales y la cultura, y de como un cierto sentimiento de pertenecía a una comunidad desterritorializada se va extendiendo, gracias a las comunidades de consumidores. Resulta sorprendente la vigencia de la paradoja que Walter Benjamin observaba a finales de los años treinta al señalar la "desproporción" que existía entre "la libertad de movimiento y la riqueza de los medios de transporte".


Los avances técnicos permiten los grandes desplazamientos, manteniendo el contacto fluido entre puntos muy distantes. Si bien el mismo movimiento físico sigue estando vigilado y restringido, manteniendo un cierto orden en relación a estructuras de supremacía técnica y económica y una tensión entre la solicitud de mano de obra por parte de las sociedades productoras y su propio rechazo a una aceptación masiva. Rechazo no sólo sustentado en cuestiones xenófobas, abiertamente insolidarias, sino por las acusaciones al multiculturalismo como última perversión del relativismo cultural, así se entiende que una cosa es la integración en una sociedad de individuos procedentes de culturas diversas, lo que sin duda es benéfico, y otra la fragmentación social derivada de la constitución de subculturas hostiles e incompatibles entre sí... "¿hasta qué punto una tolerancia pluralista debe ceder no sólo ante "extranjeros culturales", sino también a abiertos y agresivos "enemigos culturales"? (La sociedad multiétnica. Giovanni Sartori82)


La mayor parte de los discursos sobre los movimientos de personas a través de las fronteras se saldan con la constatación de que es en la disparidad de renta con los países de acogida donde la inmigración encuentra su razón de ser; la realidad es que la situación de los países de origen no es ni mucho mejor ni mucho peor que la de hace años. Es más, si se consideran los anuarios de algunos prestigiosos organismos económicos internacionales, habría que sostener que en buena parte del tercer mundo es mayor el camino ya recorrido hacía el desarrollo que el que queda por recorrer. Pero entonces, ¿por qué se produce ahora ésta avalancha de desheredados? Ser ciudadano se entiende hoy día como el tener derecho a poseer aquellos que otros poseen, cuando los ciudadanos nos interesamos muy poco por la política lo que aspiramos es a consumir los diversos bienes que están en el mundo, a desenvolvernos en una democracia de consumo que si bien puede desmovilizar y postergar la búsqueda de puntuales soluciones estructurales, nos asegura los símbolos y prerrogativas de la élite disponibles a escala masiva.


No son entonces los cambios económicos en el mundo en desarrollo, sino en el mundo ya desarrollado, los que han servido de reclamo. Unos cambios que no se refieren tanto al crecimiento o a la mera progresión en el bienestar cuanto a las modificaciones del paradigma en el que ese crecimiento y ese bienestar están insertos. En primer lugar, el gran desarrollo de las telecomunicaciones hace accesible el conocimiento del nivel de vida occidental a los habitantes del tercer mundo. En segundo lugar, el abaratamiento de los costes de transporte ha disminuido el coste de las migraciones internacionales. Han sido necesarios los progresos en la liberalización internacional de los flujos comerciales y financieros para que la explotación de esos sectores desatendidos, de esas potenciales canteras de actividad, comenzase a ser rentable. Ha habido que descartarse del Estado de bienestar para que, llevando ésta lógica hasta sus últimas consecuencias, una nueva clase social considere que la contratación en condiciones de semiesclavitud está dentro de la doctrina económica de nuestro tiempo y se disponga a rentabilizar el auge migratorio: una ingente oferta de empleo en sectores tradicionales y poco atractivos para los trabajadores autóctonos, que está actuando como correctivo de la actual división internacional del trabajo.


Es en este marco en el que se desarrolla la propuesta del prototipo de Travelbox. Travelbox es un embalaje, similar a los que se usan para transportar obras de arte, acondicionado para el viaje de seres humanos. Un embalaje construido en madera, con unas medidas de 150x150x100 cms, cuyo interior consiste en un habitáculo de poliester diseñado para el transporte humano.

Este prototipo ha hecho el siguiente itinerario: España (Madrid), Argentina (Buenos Aires, Córdoba), Paraguay (Asunción), Uruguay (Montevideo), Guatemala (Guatemala), Colombia (Bogotá), España (Madrid). Dotado de una batería eléctrica que proporciona agua corriente, iluminación y ventilación, al tiempo que ofrece seguridad, ya que su ocupante permace oculto.

 
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